Luis Aníbal Nez← Otras realidades

Ciencia ficción · Romance · Cuento corto

Bailarín de hojalata

Lorenzina tenía un objetivo, un único sueño que era bailar, lo deseaba con todo su ser. Tal vez cumpla con su anhelo, aunque las cosas no siempre se manifiestan como se imaginan.

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Lorenzina cae sobre la pista de baile luego de girar sin control.

Allí está ahora, triste sobre parqué encerado; su pecho se infla y desinfla rápidamente. Se encuentra en la ciudad de Las Vegas, Nevada, Estados Unidos, hacia donde viajó desde su ciudad natal: Firenze. Su objetivo: Participar del concurso de baile más importante de los últimos tiempos llamado: Drag or Dance.

Se ha montado especialmente para el evento, un magnífico escenario ubicado en un predio perteneciente a un lujoso hotel de la ciudad. El moderno escenario repleto de luces y colores, está rodeado trescientos sesenta grados por cómodas tribunas repletas de personas.

Unas treinta mil han acudido en esta ocasión a la final mundial del certamen Drag or Dance, temporada dos mil treinta y seis. La bailarina se siente muy agitada, alterada, poseída por el agotamiento. Lorenzina se estuvo preparando para este momento desde hace once semanas, veintinueve días, tres horas y cincuenta y seis minutos.

Mareada como ahora se siente, ha estado todo este tiempo bailando casi sin parar con el firme objetivo de llegar en su mejor forma a esta final de la cual participa. Medita acerca de lo que ha sido este largo proceso, al tiempo que glóbulos de colores aparecen y desaparecen en sus ojos, cual si fuesen brillos emitidos por estrellas dispersas por la galaxia.

Chasquea la lengua, la siente seca como arena del desierto. A pesar de su descontrolada y humillante caída, un estallido de ovación cae abrumador desde las tribunas repletas. El sonido de dicha ovación es ensordecedor.

Lorenzina pone con delicadeza su abierta mano izquierda sobre el pecho, en un intento por calmar las fuertes palpitaciones que la preocupan. Su mano queda posada sobre la zona del escote abierto, con forma cuadrada, típico en ese vestido victoriano para el baile final.

Trata de recuperar el aliento, inhala por la nariz para que el aire ingrese más lento a sus pulmones, luego, exhala por la boca como su compañero de baile le ha enseñado. Una mano metálica se estira hacia ella, los dedos se abren, le ofrece ayuda.

Ella observa la mano artificial, luego mira a los ojos de quien se la ofrece, sonríe, sostiene los blancos dedos de acero pulido con la suya. Se impulsa e incorpora sin dejar de ver los ojos de su pareja de baile. Quedan de pie frente a frente, sonrientes. A su compañero de baile llamado Nexus, modelo cinco punto cero, Lorenzina prefiere llamarle con cariño: Mel.

No tiene idea, ni tampoco imagina lo que ha logrado esta noche junto a Mel. Quizás nunca logre captar del todo, la total dimensión que su esforzado baile ha generado en las masas de público atentas a lo que han hecho. Ahora mismo sólo desea refugiarse en los ojos de él sin soltarle la mano, eso la calma.

La relación particular con su pareja de baile ha despertado el interés en el público del mundo entero. La joven ha alcanzado fama mundial haciendo lo que le fascina, lo más importante, bailar. Los laureles efímeros de la fama no le importan.

Observa, admira con inconmensurable amor incondicional a los ojos azules eléctricos de ese hombre artificial. Nexus, versión cinco, llega a su esfuerzo de corazón mecánico. Aunque Nexus tiene aún menos inteligencia emocional que otras versiones posteriores, ha despertado en Lorenzina algo que ningún hombre humano generó en ella.

Comparte con él su pasión más querida. Además, en ocasiones suelen filosofar juntos durante horas, jugar ajedrez, ver comedias que otras personas repudiarían. La prensa alrededor del concurso de baile se ha hecho eco de este tipo de aspectos de la llamativa relación.

Desde entonces y ante el conocimiento público, la preferencia de Lorenzina ha sido muy cuestionada por varias personas alrededor del planeta. Tal vez, lo más polémico han sido sus declaraciones recientes en la prensa hace unas pocas semanas:

—Lo sé, Mel es artificial, no soy una chica tonta. Pero la gente no conoce algunos detalles sobre él. Mel esconde un alma bajo su piel de acero —ella sonrió—. Sí, lo juro, un alma que está muy conectada a la mía —habría dicho en esa entrevista exclusiva para UHR Channel.

Luego de esas declaraciones, nada más fue necesario para el estallido en redes sociales. Ciertas personas se conmovieron, otras se sintieron identificadas, pero otras hicieron múltiples juicios negativos sobre Lorenzina. Ella ha ignorado estos problemas. Para la joven, Mel es un ser único, se siente muy bien con él por lo que nada más necesita, menos aún las críticas negativas.

Por otro lado, para Nexus, esta mujer es el ser humano que mejor entiende sus complejos algoritmos cibergenéticos, dentro de venas enredadas de fibra óptica con núcleo artificial neural.

A todo esto, la coreografía que la pareja tanto ha practicado ha acabado accidentada. Lorenzina tuvo la culpa en la pista de baile, pero él no la culpa; ella misma sabe que perdió el control. Ambos deben esperar la decisión del jurado. En el lujoso lugar el momento se hace eterno, la gente se llena de ansiedad.

Normalmente, los que participan en este concurso suelen sonreír frente a cámaras y público mientras aguardan por el veredicto. Ellos, en cambio, sólo tienen miradas para sí mismos, nada más. Mel, ese robot con apariencia de hombre, calvo como maniquí, sostiene la delgada cintura de Lorenzina mientras ella sonríe; se miran.

La bailarina siente emociones intensas, el concurso de baile es su sueño hecho realidad. Lágrimas de emoción caen de sus ojos. Personas de todo el mundo se tensan viéndolos ante pantallas de diversos dispositivos, mientras la pareja aguarda la puntuación final.

Es casi unánime el deseo de la audiencia, quieren que Lorenzina y Mel ganen, votan con desesperación desde sus móviles. Los votos del público se unen al jurado. Lejos de todo esto, absorbiendo la ansiedad, Lorenzina se olvida de las cámaras, toma un instante para abrazar a Mel, se aproxima un poco más a él y acerca sus labios a los órganos auditivos artificiales.

—Sabes, Mel, he odiado la tecnología hasta el día que te he conocido.

—Necesitamos siete punto cuatro puntos para alcanzar la mejor calificación final —dice la metálica, aritmética y perfectamente polifónica voz de Mel.

—Has estado conmigo después del accidente, cuando nadie más estuvo. Has cuidado de mí cuando he enfermado. Me has hecho reír cada vez que he tenido ganas de llorar.

—He hecho los cálculos. Nuestra mejor actuación podría oscilar entre cinco punto seis y seis punto cinco puntos.

—Mel, escúchame. Tú nunca me has abandonado, nunca, en ningún instante, hasta cuando sufrí tanto por las dolorosas cirugías reconstructivas de mis piernas; estuviste a mi lado luego de cada cirugía y tratamiento posterior. Me has dado todo de ti, más que cualquier persona que conozca. Estaba segura de que jamás podría volver a bailar. Me conoces, sabes lo importante que es para mí, esta es mi pasión a tiempo completo. Gracias a ti llegué a esta pista de baile, aquí estamos, estoy contigo en este maravilloso concurso.

Se toma un momento para mirar los ojos de Nexus cinco punto cero. Sonríe. Luego, admira alrededor del escenario, las tribunas están desbordadas de gente, examina al público que llena el lujoso estadio. Destellos de cámaras parpadean como estrellas en el cielo nocturno. Suspira, luego continúa con lo que hablaba.

—Por todo esto, Mel, siento que te amo como si nunca hubiera amado a nadie más —su voz suena agotada, apenas un silbido.

La expresión en rostro de Mel muestra una mirada constante, una pulida máscara humanoide que esconde patrones eléctricos, los cuales a su vez, luchan contra un alma fingida. Ella lo observa con profundo sentimiento, justo antes de que los resultados de los votos del jurado aparezcan en monitores holográficos con el veredicto final.

De inmediato, Lorenzina ve que ese puntaje no es suficiente para ganar. El concurso está perdido, tal como lo había calculado Nexus. La caída de ella sobre la pista de baile fue determinante.

—Descuida, Mel —le dice Lorenzina al robot—, hemos ganado tan sólo por haber participado.

Antes de atender cualquier réplica proveniente de las polinómicas palabras emitidas por la metálica, aritmética y polifónica voz de Mel, Lorenzina se estira, acerca sus labios a la inanimada boca del robot y bajo escandalosa, contundente ovación del público, ella lo besa con profundo sentimiento.

—Te amo, mi bailarín de hojalata.

LNFIN

La historia termina aquí. La conversación no tiene por qué hacerlo.

¿Qué te dejó esta historia?

¿Crees que Mel llegó a comprender realmente lo que sentía Lorenzina?