Luis Aníbal Nez

Suspenso · Microcuento

Con la última luz

Un hombre atraviesa solo un distrito desconocido y oscuro, convencido de que alguien lo sigue. La última luz de la calle le revelará algo mucho más inquietante.

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Lo único que escuché esa noche oscura fueron mis propios pasos, los tacos de mis zapatos nuevos, chocando paso a paso contra la vereda húmeda del joven invierno. En todo momento miraba hacia atrás, pues en aquellas calles para mí desconocidas, lo más probable era que algún ladrón intentara robarme.

Traté de no torturarme demasiado con esa idea. Es que en mis bolsillos internos del saco portaba todo el salario, recién cobrado, aunque los ladrones no tenían por qué saberlo. No quería que mi negro traje nuevo se mojara con la inminente lluvia, aunque mi gabardina de estreno lo protegería en parte.

Había vivido algunos hechos desafortunados en la última hora y media. Comenzó cuando salí de la oficina camino a casa, llevando ya conmigo el ansiado salario. El bus que todos los días tomaba para volver a mi hogar se descompuso justo en el peor de los distritos de la ciudad de San Felipe.

Era tarde, ya no pasaría otro bus siendo aquel el último, por lo que me vi obligado a ir de a pie hasta la próxima estación. Caminando por aquellas calles tan oscuras, tan silenciosas, tan peligrosas, sentí de pronto que algo no andaba bien. ¿Tenía cuatro pies o alguien estaba caminando detrás de mí?

Me di cuenta, por más que lo lamentara, de que la segunda opción era la correcta. No miré más hacia atrás como lo había estado haciendo a cada rato; ya no podría, no ahora que había escuchado aquellos pasos rápidos. Me acercaba a una esquina cuando divisé más adelante, a mitad de cuadra, una única luz amarillenta, mortecina, que iluminaba una porción cónica de vereda y de calzada.

Fue lo más reconfortante que podía haber encontrado en ese momento tan tenso. Aceleré mis pasos entonces para alcanzar cuanto antes aquella cálida luz en medio de la noche. Lloviznaba un poco, había viento. Helaba. Los pasos que caminaban detrás de mí también aceleraron su marcha para darme alcance.

Muy nervioso por esto último comencé a trotar. Hasta llegué a correr los últimos metros. Gracias a esto, pude por fin alcanzar pronto la columna oxidada de la que colgaba la farola. Contaba en su extremo curvado con la lamparilla que generaba una única luz amarillenta. Fallaba en ocasiones, pestañeaba de tanto en tanto, pero se mantenía encendida, gracias al cielo.

Entonces, bajo el mortecino haz que me alumbró por fin luego de tanta penumbra, me pude ver a mí mismo por primera vez en mucho tiempo. Me encontraba descalzo, vestía harapos, me encontraba sucio, nadie me perseguía. Mi cabello estaba largo, errático como vuelo de moscas y mugriento. En la boca ya casi no me quedaban piezas dentales. No venía de cobrar ningún salario, ni siquiera tenía bolsillos para guardar nada.

Tenía sed y, sobre todo, tenía hambre, mucha hambre. Me sentía famélico. Antes que terminara la madrugada, por desgracia, cual si fuera una tortura, volví a recordar aquel primer día del resto de mi vida.

FIN

La historia termina aquí. La conversación no tiene por qué hacerlo.

¿Qué te dejó esta historia?

¿Qué creías que perseguía al narrador antes de que la luz revelara la verdad?